¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

PUBLICIDAD

“Nací, crecí y me malcrié en el mismo campo toda mi vida”: la historia de Néstor Alegre

Fue tabacalero, apostó a las frutillas y luego acompañó a sus hijos en un nuevo proyecto ganadero.

Sabado, 12 de septiembre de 2026 a las 16:15
EL LITORAL

Néstor Alegre nació en el paraje de Desmochado, en Bella Vista y nunca sintió la necesidad de irse. Aprendió el trabajo rural desde chico junto a sus hermanos, dejó el tabaco cuando ya no pudo seguir produciéndolo y encontró en las frutillas un nuevo camino. Después llegaron sus hijos y más tarde la ganadería. Pero cuando habla de su vida, también aparecen los bailes, el chamamé y la mujer con la que compartió 55 años.

 

No necesita demasiado para ubicar cada etapa, primero fueron las tareas que aprendió junto a sus hermanos, después el tabaco, más tarde las frutillas y, con los años, la ganadería. Todo ocurrió en el mismo lugar.

Walter, Melideo y Elisa crecieron haciendo esos trabajos. Elisa, su hija, falleció años después y su muerte cambió el rumbo de la familia. Desde chicos aprendieron que el campo no era solamente el lugar donde vivían, sino también aquello de lo que podían vivir. De hecho, la empresa familiar lleva su nombre. 

“Yo era tabacalero, cuando me dijeron que no más tabaco, me dediqué a las frutillas. Quería vivir de lo que hacía y ganar plata, por eso aposté a hacer más, para poder vivir de lo que hago”, relata Néstor a El Litoral.

El comienzo tuvo algo de experimento y mucho de observación. Una de sus tías le dio unas plantas y Néstor empezó a probar. También recurrió a sus primos para conocer distintas variedades y descubrir cuáles podían funcionar en la zona.

EL LITORAL

 Entre frutillas, chamamé y su gran amor

“Mi tía me dio unas plantitas y empecé a conocer lo que era la frutilla. Yo les pedía a mis primos, ellos me vendían la frutilla que ellos probaban y así fui probando la producción hasta que aprendí qué es lo que anda y qué es lo que no”, agregó. 

Ese aprendizaje, para él, fue fundamental. No se trataba solamente de plantar y esperar. Había que conocer qué variedad respondía mejor y qué podía funcionar en esa tierra: “Cuando me puse a hacer frutillas, yo ya había probado, sabía qué variedades andan en esta zona, conocía lo que iba a hacer. Si no conoces, te cuesta un montón”. 

La producción creció y con ella también creció el trabajo. Néstor sabe lo que significa pasar horas agachado entre las plantas. Lo dice sin romantizar el esfuerzo, trabajar en la frutilla también significa que la espalda y la cintura pasan factura.

Pero sería difícil contar la vida de Néstor solamente desde el trabajo. Los bailes del pueblo y su gran amor con quien compartió más de cincuenta años, forma parte de sus recuerdos más preciados. 

El hombre de 8 décadas confiesa que: “Yo fui bailantero, mi padre me decía ‘este va a ser un loco porque a mí me gustaba el baile’”. 

EL LITORAL

“Pero gracias a eso conocí a mi mujer, nos casamos y pasamos toda la vida juntos, hasta que murió y fue una pérdida muy grande para mí”, recuerda. 

Es bailando como conoció a la mujer que lo acompañó durante 55 años. La historia de ambos también estuvo atravesada por la música, el chamamé y la cumbia, incluso cuando ya tenían hijos.

Las nuevas generaciones

Cuando llegó el momento de aflojar, fueron sus hijos quienes continuaron. La producción familiar pasó de una generación a otra y ellos también se animaron a hacer cambios que, al principio, Néstor miraba con desconfianza.

“Cuando ellos empezaron a cambiar, les dije ahí se le va a terminar la gente. Mis hijos me dijeron que no, que se van a acostumbrar y así fue. Yo no le tenía fe, pero ellos son trabajadores, les funcionó y me taparon la boca”, cuenta entre risas. 

Después de tantos años entre frutillas, apareció otra posibilidad. El sobrante de la producción podía transformarse en una nueva inversión. Así nacieron las primeras vacas y comenzó una etapa diferente para la familia, trabajando con la genética y la ganadería.

Aquella decisión terminó llevando a los Alegre a otro escenario. Este año, la cabaña familiar obtuvo la Gran Nacional con Braford, un reconocimiento que se suma a una historia que empezó mucho antes, cuando Néstor recibió aquellas primeras plantas de frutilla.

EL LITORAL

 

Mientras tanto, sigue ahí. En el mismo campo donde nació, creció y, como dice él mismo, también se malcrió. Ochenta años después, todavía conserva las ganas, aquello que quizás sea lo más difícil de mantener con el paso del tiempo.

Esta nota se realizó como parte del III Encuentro de Periodistas Agropecuarios que reunió profesionales de Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Formosa. 

PUBLICIDAD

MÁS LEÍDAS

PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD